¿Quieres hacer el favor de callarte?

 

Conocí la canción de oídas, cuando chico, por escucharla a través del patio, proveniente de la ventana abierta de una vecina que despertaba mi interés (la vecina y su ventana). Andaba yo por aquel entonces enfrascado en ritmos contundentes y muy atareado en perpetrar atentados sonoros con mi recién adquirida, regalada y desvencijada, primera guitarra española, a la que me acerqué sin ningún conocimiento previo y con la referencia inmediata de los discos grabados en cinta que intercambiábamos los amigos, piratería habitual sin denuesto ni aspavientos sociales (también entonces se vendían en la calle, en el rastro concretamente). Conocí a Simon and Garfunkel a través de The sound of silence. Y aunque en un principio consideré que era una canción un tanto moña (Loquillo, Los Rebeldes, el Rock and Roll americano de los cincuenta me atraían entonces), lo cierto es que ejercía cierto embrujo sobre mí. Aún no tengo claro si era por su cadencia y melodía o un fruto de mi imaginación exacerbada al componer la escena de mi vecina tras su ventana, abierta por el calor del verano, secándose el pelo tal vez, o arreglándose para ver al Chato, que era quien tenía barra libre en su garito, un chico de esos que no gustan a las madres y ponen a los padres en guardia.

Antes de ayer desayuné en una de mis cafeterías favoritas, donde probablemente hagan las mejores tostadas de tomate de la ciudad, y recordé esta escena. Entraba en ella con ánimo de dar una vuelta a un texto que tengo entre manos, que se me va de ellas más bien, asumiendo que a la hora del desayuno la cafetería tendría el ajetreo habitual de ese momento, sabedor de que la gente disfruta charlando sobre sus cosas y que en España, en la totalidad de ella, parece que hacerlo elevando la voz de modo sobresaliente incrementa dicho disfrute. También yo disfruté numerosas veces de este modo. Acababa de ojear la prensa y me había detenido en una noticia que informaba de la colección de cuadros que Botero ha pintado sobre las torturas perpetradas en Abu Ghraib por las tropas imperiales. Me produjo cierto desasosiego, de gran interés literario para ocasiones futuras, la mezcla de sensaciones: las ganas de proseguir con un texto esquivo que me obliga a subir un escalón más buscando modos que no haya empleado anteriormente, los coletazos de las torturas imperiales en mi retina de mano de Botero y el ambiente de la cafetería. Y la cosa estaba bien, resultaba notablemente agradable.

Pero algo cambió. Podría decir que de modo imperceptible, sin saber por qué razón. Mentiría. La razón fueron tres clientes delante y dos detrás de mí que, como decía antes, charlaban en voz alta, cada vez más alta, sobre sus cosas. Por su ropa deduje que trabajarían cerca de allí, en alguna de las instituciones o bancos del centro. Los tres clientes de la mesa anterior a la mía estaban realmente molestos por cierto asunto laboral del que puse gran empeño, infructuoso, en sustraerme. Uno de los tres interlocutores hablaba sin descanso, con un ritmo atroz subrayado por el enfado intenso que la situación laboral le provocaba. Un adjunto apuntillaba, subrayaba, asentía y completaba, también muy alto y muy enfadado y con cara de muy mala leche, para padecimiento del tercer interlocutor -con pinta de jefe de los anteriores y del ausente referido en la conversación- y para mi desesperación por verme inerme, incapaz de que el sonido del silencio del interior de mi cabeza se impusiera a su tenacidad. Ni mis miradas descaradas y fijas ni mi cara de desagrado surtieron efecto. En la mesa posterior a la mía otros dos conversadores hacían lo propio, con un tono similar aunque moderando muy levemente el volumen respecto de los otros.

Así que me vi, una mañana de martes que parecía agradable, en la que disfrutaba del placer que me producen los días neblinosos, una mañana de martes con la semana laboral al frente, tratando de mantener el buen humor con que había despertado, me vi, digo, emparedado entre dos conversaciones a gritos, furibundas, que acuchillaban con la maestría del matarife el placentero sonido del silencio. Me obligué a acelerar el desayuno, contuve mi molestia creciente, recogí mis cosas con desagrado y me quedé con ganas de citarles en la cara y al mismo volumen que el usado por los cinco, por qué no de pie, en medio de la cafetería, con algún aspaviento a lo Benigni, el título del primer libro de relatos de Raymond Carver: ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?

Publicado en El Día de Albacete 08/11/07

Anuncios
  1. Ola ^^
    Gracias por el “libro”, comencé a leerlo, cuando lo acabé ya te diré qué tal, ok?
    Saludossssssssssssss

  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: