De compadreos y chanchullos literarios

 

Oiga usted, cómo anda el patio en esto de los concursos literarios. Es sabido por todos aquellos que gozamos del placer de escribir( y nos aventuramos en ocasiones a enviar nuestros escritos a certámenes y concursos) que existe un compendio no escrito de normas básicas que conviene observar a mayor beneficio de la tranquilidad de espíritu y salud emocional y mental de cada quien. A saber. Conviene presentarse a los certámenes literarios como quien echa una primitiva o como podrían enfrentarse los jugadores suplentes del equipo filial del Alba a la primera plantilla del Madrid, es decir, dando el asunto por perdido de antemano. Conviene también ser comedido en las aspiraciones económicas derivadas del montante destinado a premios, dado que es conocido y frecuente que aquellos certámenes de mayor cuantía (léase aquellos que superen los tres mil euros)estén gestionados directa, indirecta, descubierta o encubiertamente por editores (dos o tres habituales y algún otro con ganas de pegar bocado); no resulta sorprendente en estos casos que se alcen con los premios escritores “afines” y, en algunos casos (intente usted evitar quedar ojiplático) lo hacen con libros encargados de antemano. Un ejemplo ampliamente conocido en este ámbito, del que se comenta con denuedo en los mentideros literarios, es el Planeta. También se dice del Fernando Lara. Y hay quien sospecha del Herralde. Tengo un buen amigo que ayer me incluyó en su lista negra, con el honor de ostentar el cargo de miembro inaugural, que sabe bien de estos trasuntos.Pero no es preciso elevar la mira a tanta altura. Hace unos días que se ha montado la de Cristo es Dios en Valdepeñas, con el Parnaso de poesía, cocedido a Luis Antonio de Villena y que cuenta con un premio de tres quilitos de los de antes, dieciocho mil euretes, vamos. Tal es la cosa que los finalistas han solicitado la guarda y custodia del manuscrito (sic) presentado, puesto que aseguran tener pruebas fehacientes de que el mismo no es inédito, así como otras irregularidades que podrían incurrir en delitos varios. Los finalistas lo denuncian con valentía asumiendo por escrito que “somos conscientes del riesgo que corremos de ser proscritos en los medios más o menos oficiales y en las capillas y conjuras literarias, pero también creemos que somos muchos más los que preferimos la verdad a las componendas de corte y confección en las que se maneja con impunidad una minoría de descarados y corruptos. Al menos, que no cuenten con nuestra pasividad y consentimiento”. Y dirá usted, quizá el jurado estaba compuesto por mindundis manejables, inexpertos… pues no. Este fue el jurado: Ángel González, Caballero Bonald, Benítez Reyes, J.María Barrajón, Enrique Jiménez y Jesús Visor, el editor, que actuó de secretario, pero con voz y voto (que no suele ser habitual). Oiga usted qué apellidos poéticos: González, Bonald y Reyes. Primera línea, se supone.

 

Pero bueno, sucede que aquellos que dedicamos o dilapidamos tiempo en la escritura, nuestro tiempo, parte de nuestra vida, una vida que dejamos discurrir al hilvanar historias, asumimos a priori la vacuidad e inutilidad de tal acto, escribir digo, que no pasa en primera instancia del propio placer, un gozo tangente al onanismo mental, y, con algo de buena fortuna y acierto, ya en segunda instancia, no pasa tampoco de despertar alguna emoción futil, pasajera, caducifolia en quienes dedican parte de su tiempo, parte de su vida, a recorrer esas historias que tejemos con mayor o menor tino. Pero jode. Jode que se amputen las ilusiones de quienes, ilusos, aspiran a competir en igualdad de condiciones bajo el amparo del anonimato, sometiendo sus/nuestros textos al criterio del jurado de preselección (el jurado oficial no se lee, ni de coña, los cientos de manuscritos que se presentan a concurso; si acaso, con suerte, la selección de entre cinco o diez que serán considerados finalistas). Y jode que llegue alguien como el señor Villena, que si bien no es tan mediático ni difundido como sus ‘premiadores’, parece no necesitar por su trayectoria estos rollos de compadreo y chanchullo literario, y con toda su jeta se levante sonriente los tres quilitos. Y así en varios sitios. Pero esta vez los finalistas van a dar la murga. Y ojalá los empapelen (a los chanchulleros) o, al menos, saquen sus colores. Aunque no le importe a nadie la suciedad de la trastienda literaria y esta cuestión pueda saldarse con un “va, cosa de poetas”. Pero insisto, es que jode, oiga, aunque uno no haya concursado.

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    • luis cuenca
    • 6/11/07

    Tienes toda la razón. Y que yo sepa, existe más de uncaso de esos que tu denuncias, de encargo, quepara colmo cuando sale ganador el dichoso escrito, le tienen que añadir otras cien páginas, porque no llegaba el mínimo exigido para concursar, estamos hablando del Planeta y de un escritor muy conocido que ya nos abandonó. No se puede tener todo.

  1. 23/02/09

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