Leopoldo Mª Panero: ¡maldito poeta!

Acabo de terminar la lectura compulsiva del reciente título que el maestro Leopoldo María Panero ha publicado en la Editorial Cahoba: Papá, dame la mano que tengo miedo. Circunstancias que no vienen al caso me brindaron la oportunidad de pasar algunas horas bajo el mismo techo que él, en un agradable espacio llamado La Cafebrería que suele visitar a diario en Las Palmas de Gran Canaria, ciudad donde reside, concretamente y por decisión propia en la Unidad Psiquiátrica. Hace ya algún tiempo de esa semana en que veía al maestro Panero casi a diario recoger entre sus labios un eternamente repuesto cigarrillo rubio al que sólo dejaba desamparado durante los tragos de las bebidas gaseosas que tanto le agradan. En una ocasión me dirigió la palabra. Yo, hasta el momento, no fui capaz de hacerlo, derrotado por una mezcla de respeto e incertidumbre, y me conformaba con escribir en mis libretas algunas líneas más o menos acertadas allí, en La Cafebrería, hogar adoptivo del último poeta lúcido de España, ese país que despierta el vómito de Panero casi con tanta intensidad como lo hace todo aquello relacionado con la Iglesia. Un vómito coherente e ineludible.

Yo escribía algún desatino y Panero me dirigió la palabra, escondiéndola en una voz rugosa, amparada en su mirada cabizbaja que cae de soslayo y rueda hasta su destino en un trayecto un tanto destartalado. Panero me habló para pedirme fuego y yo contribuí a su ofrenda de humo de aquel día. Es conocida la situación mental del maestro y no pude sustraerme de pensar si, con aquella petición, estaría constatando mi existencia, desterrándome de un modo táctil en torno al fuego, nexo primitivo entre hombres, de ese territorio oscuro donde se mueven sus vivencias más intensas, aquellas que deja escritas a modo de sentencia vital, una condena impuesta a los ojos que se presten a mirar al mundo cara a cara, sin el velo de la anestesia preferida que cada cual se inocule.

Papá, dame la mano que tengo miedo es un libro áspero, como todos los suyos, que transita las pulsiones oscuras del hombre: la homosexualidad, la locura, lo escatológico, el sadismo y el masoquismo no son sino las flores que adornan las alcantarillas que pueblan el mundo. Y hay que tener muchos co… nvencimientos para ponerse en jarras ante la muerte, ante el fracaso, para reconocer que se podría ser el Anticristo si no fuera porque Cristo supo de la necesidad de acercarse, y así lo hizo, a los desheredados, los desposeídos, encarnados hoy por los borrachos que se embriagan en pérfidos locales, las prostitutas de baja estopa que se mantienen vivas a trompicones después de la humillación intensa, reciente, reincidente, los homosexuales que pueden ser asesinados en un complot de la CIA sólo por preferir los azotes sangrantes de un efebo apolíneo, los mendigos empujados a palos hacia su miseria por la porra del policía y el escupitajo certero de un malnacido casual. Y eso es el mundo. Y alguien debe decirlo. Y Panero lo hace con la maestría de la mirada contaminada por la derrota, esperanzada en la remisión de la muerte. Una loca lucidez que no es sino la única postura honrosa ante un mundo sumido en la indolencia, cegado por el brillo de la ropa interior de una modelo de portada. Un mundo donde los condenados murieron de asco antes de tiempo y los fracasos son sólo un estigma ineludible para quienes nacieron marcados con el signo de la noche. Ayer, anoche, junto a un vaso mediado, resonaban las palabras de Panero en mi cabeza y de las suyas nacieron estas que él no habrá de leer por el momento:

Licores nuevos destilados en silencio con la paciencia del que sueña amaneceres confortables. Licores que no aplasten mañana la salida de emergencia hacia la noche siguiente, aunque duela, aunque no fuera el prolongado desorden de los sentidos sino el sinsentido de este desorden prolongado. Un nuevo licor que cicatrice antes y se sirva en trago largo, que silencie las balas que me pasan rozando en guerras que no son de nadie. Un licor nuevo (burbuja y ambrosía) que dulcifique el llanto del huérfano y borre al proscrito de la lista, un espíritu vaporoso que condense y hiele los dolores ajenos tuyos inminentes, licor que nuble la vista del verdugo para que tiemblen las armas cargadas del pelotón de ejecución, para que lloren de dicha los redimidos y encuentre el condenado un plan de huida o de futuro. Amanecerá ebrio el mundo si ocurre como he soñado y todos los culpables llorarán arrepentidos. ¿Sabes? Después, borrachos al cabo, llegó la calma. O tal vez yo me durmiera.

Una de las tardes de aquella semana en que vi a Leopoldo Mª Panero, el maestro dijo: “Me llaman poeta maldito. Pero yo sólo soy un maldito poeta”. Y aún así no encontré valor suficiente para acercarme a saludarlo.

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  1. Ricardo:

    Te dejo este poema: lo escribí tratando de ponerme en la piel de L.M.Panero. Sólo fue un intento.

    Gracias por dejar tu experiencia, la de aquella cafetería.
    Ha sido un placer leer tu prosa poética.
    Un afectuoso saludo,
    Raúl

    .

    Los enanos del silencio corren como bolas pendulares,
    cosiéndome,
    hemisferio a hemisferio, a este humano laberinto.
    Son el yin y el yang, o el orden y el desorden,
    o la vida y la muerte
    (yo, tal vez sea el hilo conductor, el hilo…
    por el que tiran los enanos del silencio que
    [como bolas corren…).
    Luce en mi caverna una llama,
    una lista de Platón,
    una fila de seres, un mito del alma.
    Los enanos del silencio pasan porque saben de mi angustia,
    a escucharme en las grutas,
    allí donde el agua, gota a gota, mis sesos machaca.
    Eco tras eco, se ensancha mi debilidad humana;
    se extiende por el tiempo, se dilata.

    Que la palabra la digan ellos,
    que se manchen de sangre sus labios de hueso
    cuando ruedan infinitamente por mi laberinto humano,
    de hemisferio a hemisferio.
    Sonará el mayor de los horrores:
    la no música.
    Me romperé en pedazos. Pero no estaré solo.

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