Del entierro de Hifigenio Alcides

El cuerpo de Hifigenio Alcides recibió sepultura en el jardín de su casa el 25 de agosto. Acudieron al cementerio su familia, amigos y enemigos. Entiendo que los primeros deseaban acompañarlo en el tránsito y los terceros asegurarse de que dos metros de tierra impedirían su regreso.

Alcides había hecho llegar a quien le pareció pertinente una carta (a modo de epitafio, despedida o incordio póstumo) personalizada para cada destinatario en la que, además de reconocer la gratitud que sentía hacia unos e incidir en sus largas desavenencias con otros, no se privó de una de sus actividades predilectas cuando vivo: tocar los ganglios.

Amigos y conocidos recibieron, junto a la lista de méritos contraídos a sus ojos y los correspondientes agradecimientos, reproches acerados que, en su mayoría, se correspondían con cuestiones nimias o de escasa trascendencia. Pero la habilidad de la lengua afilada de Hifigenio Alcides era capaz de transformar en una ofensa mayúscula cualquier tipo de trivialidad. Se quejaban de esto quienes no le habían devuelto un libro prestado, quien -una tarde de marzo de 1957- fumara sin su consentimiento el último cigarro del paquete o aquel que no le correspondió un saludo desde la otra acera la tarde del 19 de enero de 1975 cuando ambos paseaban a cada lado de la Calle Principal, en torno a las 12,05 horas. El panadero, sin embargo, recibió en un sobre algún billete más de lo adeudado relativo al consumo de pan y bollos de la última semana. A Eugenio, el tabernero, le entregaron una caja de cartón de tamaño considerable que contenía varios ceniceros, jarras de cerveza, alguna botella mediada y un par de adornos que echaba en falta hacía algún tiempo. Se carcajeaba abiertamente cada vez que sacaba un objeto y leía la pequeña nota que lo acompañaba. Tuvieron que prestarle un pañuelo para secarse las lágrimas después del ataque de tos provocado por el exceso de risa y su afición al tabaco negro.

Los socios de Hifigenio se presentaron en el sepelio vestidos con pulcra corrección, se comportaron con pulcra corrección, escucharon correctamente las palabras de la ceremonia y asistieron impertérritos a las bromas y divertimentos del resto de los presentes. Ninguno de ellos abrió un sobre.

Hubo cuatro mujeres que tuvieron entre sus manos una rosa blanca y un poema manuscrito con estilográfica sobre un papel agradable. En vez de mirarse con recelo se recostaron una junto a otra para disimular el vacío que la marcha de Alcides dejaba en ellas.

En un rincón del jardín, sentada sobre una pequeña piedra, una niña apretaba contra su pecho un cuaderno con tapas de piel roja. Lo puso sobre sus rodillas y miró con detenimiento el contenido de las primeras páginas. Pasaba su pequeño dedo sobre las hojas, acercaba su nariz de vez en cuando sobre alguna página concreta y hacía algunas anotaciones ocasionales con un lápiz. Tal como le pidiera Hifigenio algunos días atrás, había recogido su pelo oscuro con un lazo rojo y había llevado su caja de pinturas al entierro, que Alcides le describió como una fiesta de despedida antes de un largo viaje que le mantendría alejado de casa durante algunos años, tal vez muchos años. Hifigenio había dejado para ella una caja enorme que la niña abrió con la ilusión y curiosidad de una noche de Reyes y de la que fue sacando un caballete, un manojo de pinceles usados, dos rollos de lienzo, pequeños botes de colores y una larga carta que la hacía reír a cada párrafo. Se negó a decir por qué motivo.

(Publicado en El Día de Albacete, 22/08/07)

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