Hoy no busco bronca ni venganza

Dices que hay purificación en el ayuno. ¿No querrás acostumbrarme al hambre? Tú también podrías ser otro miserable matando en nombre de un dios al que ni amas ni veneras.Explicas cómo me dignifica la ancestral esclavitud inevitable, esa que fagocita más de cuarenta horas de todas mis semanas, y encuentras que me equivoco si trasformo vuestras hipotecas en pagarés para avalar el prolongado desorden de mis sentidos. Cambiaría el paso de vuestras perspectivas por la canción del verano más horrenda que recuerdes y el primer pago del nuevo modelo de coche por barra libre para mis amigos esta noche.
Sabes, comprendo que te asombre mi negativa, que rechace /mujer/casa/dos-hijos-y-medio, que muestre abiertamente mi incapacidad para sentar cabeza, que prefiera perderla hasta mañana o sumergirla entre dos muslos bien torneados en busca del descanso apetecido.
Sabes, entiendo el terror de tus ojos y lo perdono. Comprendo tu desconcierto, comprendo el pánico que te causa la legión de indomables insurrectos y entiendo, también, que te rías por ello. Recuerdo entonces la pintada en la pared de mi barrio: “Tú te ríes de mí porque soy diferente, yo me río de vosotros porque sois todos igguales”. Pero no temas, no hay razón, hoy no busco bronca ni venganza.
De hecho, me interesa más lo que ocurre en este instante, frente a mí, a una distancia de pocos pasos. No importa cuáles sean sus nombres, ni el del bar donde los observo, ni importa tampoco el título del libro compartido que ojean, complacientes, juntando sus cabezas. No importan las razones que los trasformaron; a él en cornudo, a ella en engañada. Ni importa el modo en que llegaron a compartir secretos inconfesables en silencio, cada uno por su lado. ¿Podrías jugarte un dedo a que tu chica no duerme con otros? ¿Podrías apostar un labio a que tu boca es la única visitada por tu chico? Mis amigos lo desmienten; a veces con descripciones detalladas que hoy omito.
Por mi parte, estad tranquilos. Yo no despierto pasiones, hace tiempo que he vendido mi inocencia y jamás perteneció mi estirpe a la del cazador o el guerrero en pie de guerra.
Porque yo prefiero contarte que me gusta que llegues de improviso, a pecho descubierto, desnudándote sin desvestirte. Prefiero contarte que me gusta que traigas en la boca campos plantados con ilusiones nuevas, soles que alumbran el mundo tal y como tú lo concibes. Me gusta, en definitiva, que me dejes mirarte sin que escondas del todo los brillos que iluminan los pequeños detalles que habitan en las pequeñas cosas, esas que me cuentas a media voz como guardándolas en mi oído.

(Publicado en El Día de Albacete, 12/07/07)

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