De la Plaza de las Despedidas

Encamino mis pasos lentos a la plaza de las despedidas y apenas reparo en la vida bulliciosa que la puebla. Hoy no me molesta el murmullo de las conversaciones aledañas y puedo abstraerme de todo lo que ocurre en los renglones de mi libreta. Llego a la plaza de partida con equipaje escaso: poco más de mi hatillo de tabaco, un libro nuevo, dos prestados y la desazón ligera que produce la fecha de caducidad del tiempo establecido. Sí, hay mujeres solitarias y camareras bellas, también una cerveza mediada en mi mano y un canuto inminente en mi cartera.

Es cierto, me sigo interesando por las farolas dormidas, por los balcones muertos, las sillas desocupadas y los secretos de las alcobas protegidas por persianas viejas. Y no negaré que hoy también me duelen las heridas de la acera y que quisiera adornar con farolillos de feria el mágico calendario, aquel capaz de diluir el tiempo.

Pero hoy esta plaza alegre, ajena a mis desvelos, huele a despedida anticipada y sólo podría remediarlo suicidar lo vivido hasta este punto, convertirlo en punto y aparte, renegar de las batallas vencidas, olvidar las derrotas cosechadas, romper la vuelta del billete y construirme otro mundo sobre cuatro camisetas, alguna muda, unos libros y una libreta a medias.

En la Plaza de las Despedidas, ella tenia el don de iluminar las cosas usando tan solo el modo tierno de atenderlas, la manera minuciosa de regalar una bienvenida honesta, una bienvenida extraña al detalle del ticket y emancipada del tintineo de algunas monedas, la forma delicada de moverse, grácil, entre las mesas que enjaulan las horas cotidianas de sus días. Sirviéndose del modo discreto de mirar y establecer un baremo de vasos mediados, un mapa de platos vacíos y cubiertos en cruz, de la pausada manera de recoger su sonrisa, perennemente expuesta al trasluz de las tardes soleadas, la forma inquietante de enterrar tu corazón, por un segundo, bajo un cenicero limpio.

Ella debía de tener cerca un ángel guardián con los deberes hechos y permiso para volver a casa o cerrar indefinidamente por falta de incidencias. Sus ojos felices indicaban una conciencia tranquila y un corazón satisfecho, noches de descanso profundo, sin sobresaltos ni cuentas pendientes. Un corazón bien pertrechado, sin heridas de muerte ni lágrimas embalsadas.

Ella tenía ángel, encanto, más poderoso y tangible que lo grato de las formas de su cuerpo. Era parte desprendida del Valhalla, madre de Odín pudo haber sido, musa de poetas urbanos taciturnos, bandera de revoluciones perdidas en pro de un sueño.

Y yo ante ella, incapaz de comenzar la más simple de las frases, pensando en el grosor del libro necesario para recoger con detalle los sueños que inspira. Y yo, ante ella, retuve en e pecho el impulso absurdo de descubrirme, de dejar un papel con mis datos anotados, de dejar un papel escrito a modo de testamento, nombrándola heredera de mis versos, presentes y futuros, mostrando los versos pasados para documentar mi espera. Dejar un papel escrito y, en él, una condena: mañana vuelvo al infierno de mis días, estas son mis últimas monedas para la última noche en la ciudad y quisiera apurar ambas contigo.

(Publicado en El Día de Albacete, 03/07/07)

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