De lo acertado de diferenciar entre igualdad y equivalencia

Las palabras son, de por sí, traviesas y juguetonas, saltarinas, residiendo allí su encanto, y ocurre que, rebosantes de ingenuidad y buena intención, pueden verse maleadas cuando caen en manos o bocas inapropiadas, inexpertas o malintencionadas. Entiendo que esto ocurre cuando los sectores más reaccionarios del progresismo mal entendido se enredan en disputas de género lingüístico y esos mismos sectores en lo político se empecinan en imponer aquello de la “paridad” y de la “discriminación positiva”. Y entiendo asimismo que se debe, en el mejor de los casos, a la prostitución a que es sometido el lenguaje por parte de políticos, vociferadores y correveidiles intermedios. Porque ya desde el comienzo la premisa es errónea, dado que lo que se pretende no es igualdad sino equivalencia. Hablar de igualdad entre dos elementos implica la no existencia de diferenciación alguna, incluyéndose en este caso los mismos desdoros e imperfecciones en uno y otro lado. Sin embargo, hablar de equivalencia introduce la valía, la capacidad y el logro, la actitud y aptitud como elementos de referencia. Y ahí sí, que cuando uno es incapaz lo es al margen de su género y cuando uno vale, lo mismo da ser hombre o mujer.

(El Día de Albacete, 13/04/07)

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