De las veces que maldigo en mi escalera

No resulta excesivamente complicado saber si me permitirán pasar un fin de semana tranquilo. Basta con comprobar si hay ropa tendida frente a la ventana y esperar a que el despertador marque las nueve. Un tendedero vacío y la ausencia de estrépito antes de esa hora son signos inequívocos de que pasarán el fin de semana fuera de casa. Y bien sabe Dios cuánto agradezco yo que esto se produzca de vez en cuando, un fin de semana de cada tres al menos. Pero la suerte no acostumbra a sonreírme con la frecuencia deseada.

Los ruidos del abuelo son los menos molestos. No tanto por infrecuentes o moderados como por inevitables. El hombre, de provecta edad, poco o nada puede hacer por evitar las estertóreas toses con que se despierta, desayuna, almuerza, come, merienda, cena, se acuesta y duerme. Pero es inevitable y comprensible. Tal vez me ayude el recuerdo grato que tengo de él. Antes, cuando su salud era buena y su ánimo dispuesto, siempre dedicaba unos minutos a interesarse por los detalles nimios de mi acontecer cotidiano y me regalaba una mirada agradable. Si mi ánimo y horario lo permitían, me gustaba invitarlo a un chato de tinto que bebíamos a escondidas de su hija. No pocas veces me regañó por ello y no pocas veces ignoramos ambos sus enfados. Ella y su marido me resultan del todo insoportables.

Raro es el día en que su voz (la de ella), tan aguda, tan molesta, tan plagada de impertinencias, no me despierta antes de las nueve cuando, como acostumbra, charla a voces por el patio con su comadre del quinto. Ninguneces, naderías, conversaciones insulsas de las de ir a ningún sitio que desarmarían cualquier medidor de decibelios. Raro es el día en que su voz (la de él), tan grave, tan irritante, no despotrica sobre la perennemente encendida televisión; sea por el partido de fútbol, por el político de turno, por un anuncio que le desagrade, su voz de caverna envuelve en blasfemia todo tipo de argumentos peregrinos. Le odio por ello. También a ella. Sus “churumbeles” (cuatro), agrestes, descontrolados, estruendosos, tienen la venia de ser majos y ocurrentes. Ceden el paso en la puerta, ayudan a las vecinas si las bolsas de la compra pesan demasiado, guardan algún piropo -que puede rozar la indecencia- para las vecinitas universitarias del tercero, tan lejos de su realidad y tan oníricamente cerca (como alguna vez me confesaron) y, los dos mayores, intentan sacarme un par de ducados para fumar a escondidas. No debería, pero reconozco que a veces cedo y les hago el gusto. Con ello, creo asegurarme su atención cuando con dos golpes en la pared les pido a nuestra manera que bajen la música, ese sonido infernal de discoteca que atenta contra cualquier mínimo criterio. Pese a todo, les estimo y envidio su naturaleza campechana y bonachona. Porque son ruidosos, sí, pero también dispuestos. Especialmente con los vecinos mayores.

Hoy también me han despertado (a quién le importa que yo escriba hasta las tantas de la mañana) y no puedo volver a conciliar el sueño. Así que me asomo a la ventana y veo a la bella florista de la Plaza de las Carretas sacar las macetas y ponerlas a la luz. Se sienta en la parte superior de un banco y deja que el sol le acaricie la cara. Yo quisiera ser papel escrito y palabra bella. Ella, tal vez, gardenia o clavellina.

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