De los colores que esconde la milonga

Ha sido después de ver la exposición cuando he oído música que llegaba de la plaza, juguetona, esquivando árboles y deslizando aceras. Aparece de cara al doblar la esquina del Ayuntamiento. Tiene la mano izquierda pendiente del bandoneón porteño y me ofrece la derecha para acompañarla. Juguetona se desliza entre las cinturas de las parejas que bailan. Pecho fundido a pecho. Esta milonga al aire libre tiene colores de verbena. Grupos de comadres y curiosos se sientan en torno al espacio acomodado como pista de baile. En las esquinas, cuatro altavoces hacen más de lo que pueden para esparcir notas sobre los hombros acurrucados de los bailarines. Si afino la vista veo sus brillos cayendo leves, envolviendo con una estela rosada cada pareja, que ahora se desliza protegida bajo la tenue crisálida de bandoneón y voz rugosa, como envuelta en algodón de azúcar.
Al fondo de la plaza, una chica me despierta el recuerdo de otra. Lleva una mochila negra en la espalda y sujeta algo con una mano a la altura del pecho. Avanza sin prisa hacia aquí, mirando despacio los detalles; los colores de los vestidos, la forma en que la luz se escurre por las hojas de los árboles. Ha puesto rodilla en tierra y acerca a su cara el objeto que sujetaba ante el pecho. Retrocede levemente sin despegar los pies del suelo, gira hacia la izquierda. Se incorpora y sube a un banco. Apunta con el objeto en dos o tres direcciones y de nuevo lo sujeta como antes. Baja del banco con un mínimo saltito y avanza despacio. Sonríe a dos matrimonios de abuelos sentados en torno al tango. Agachándose, acerca su oído a uno de ellos. Se incorpora riendo. Pide que se junten un poco y saca una foto. Se despide alegre con un leve movimiento de mano. Ha reparado en los niños de la fuente. No se acerca mucho. A media distancia se detiene junto a un árbol. Enfoca y toma un par de fotos. Cuando mira alrededor, no sé si buscando perspectivas o retratables, repara en que la observo.
Se acerca unos metros más, indiferente, centrada en lo que ocurre bajo la música y entorno a ella. Así, de cerca, podría describirla, pero sólo por fuera. Ha vuelto a mirar hacia donde estoy y se aleja un par de metros. Saca fotos de las parejas que bailan y de la gente que lo observa. Mira de nuevo hacia aquí. Apenas resopla y pasa el dorso de la mano por la frente.     Se ha acercado y mirado de nuevo. Me da la espalda, a escasos cuatro metros, para tomar una última fotografía. Se aleja un par de pasos hasta un banco. Quizá ahora sea el momento, pero ya no tengo tiempo. Deja sobre él la mochila de la espalda. Mira algún bolsillo, pero ni saca ni guarda cosa alguna.
Debería inspirar y dar el primer paso, empezar a andar, acercarme.
Se incorpora y acomoda el flequillo descompuesto. Revisa brevemente una parte de la cámara. Sólo un pie delante de otro y ya estaré en camino. Coge la mochila del banco. Ahora es el momento de andar. La cuelga sobre su espalda. Si mirara otra vez… Gira y comienza a andar. Se detiene en el paso de cebra. Eh, oye, espera, podría decir yo mientras correteo. Cruza el paso de cebra y enfila la calle. Se detiene brevemente y saca algo del bolsillo del pantalón. Tal vez se gire. Sigue caminando y llega a la primera esquina, la segunda, la tercera…

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