Del absurdo de escribir Amor con letras de aridez ensangrentada

Aún conservan su frescura las flores recibidas por San Valentín y puede que sus labios sean capaces de rememorar el dulzor de los bombones y de las palabras tiernas que le regaló al oído, susurradas con la intensidad de las primeras veces. Ella, por fortuna, no engrosa la lista de las asesinadas, de las desposeídas, de las desterradas del jardín de las delicias, aquel que él aseguró construiría para ella con materiales perennes. Él no se encuentra entre quienes mancillan el término cuando se dicen hombre, cuando la sangre hierve en la mirada y sus miserias minan aquellas promesas de amor que ya no cumplen. Ella, por fortuna, se mantiene ajena del absurdo de escribir Amor con letras áridas y ensangrentadas porque él, su hombre, adora el sabor de cada buenos días y el aroma de su piel, bronce y lava, recién despertada. Él, su hombre, sabe que le debe el sustento que le mantiene en pie a diario, el coraje para no darse por vencido las veces que se siente derrotado. Juntos encontraron el modo reír intensamente. No es estúpido; por eso sabe que no fue cuestión de seducir o enamorarla, sino que fue ella quien encontró el camino para despertar el amor que, atorado, le redoblaba el pecho.

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    • lakesys
    • 3/03/09

    me ha gustado como lo has escrito

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