Tienes razón (Publicado en la antología Histerias Breves)

Enlaces: 1 2 3

Hasta aquel momento la velada había transcurrido amena y agradable. Llegaron más o menos a la hora establecida, cada uno según su puntualidad. Tampoco hubo sorpresas en los detalles. Quien acostumbraba a presentarse con las manos vacías y elocuentes salutaciones así lo hizo. Quien tenía costumbre de lo contrario trajo una botella de vino, un centro de flores y velas, un postre, unos vinilos para poner de fondo, los hielos y el pan de centeno que nos pediste, unas servilletas de colores que vi esta mañana en el súper y tal vez te gusten… Luego, la mesa, ya puesta con elegante sencillez, recibió las servilletas de colores y a cada uno de los esperados, pero no las velas para no afectar el olor de los platos. Frente al de las comensales hay un pequeño atillo con clavelinas rosas y florecillas blancas En el extremo de la mesa una cubitera enfría la botella con rosado de aguja. El centro está ocupado por los colores de tomate, queso fresco, pepinillos, cebollitas en vinagre de Módena y anchoas cántabras. Hay dos cestas con pan de centeno, sobre servilletas de paño blanco, a los lados de la ensaladera alargada y todos los utensilios habituales para cada comensal, pero ningún cenicero.

Hasta aquel momento la velada había ido bien. Con las primeras conversaciones se tomó vino tinto, queso manchego curado y aceitunas de sosa. La ensalada con la segunda copa y, luego de ésta, una crema de espárragos para templar el estómago. Fue muy celebrado el revuelto con champiñón y calabacín, pero las berenjenas con salmón ahumado gratinadas resultaron, sin duda, el plato más apreciado. Con ellas llegó también el segundo brindis rosado. Del buen comer y del buen beber vino el buen reír por anécdotas simpáticas, la improvisación de comentarios ingeniosos e incluso algún chiste subido de tono y gesticulado que cada cual recibió según su grado de pudor durante el postre.

Hasta aquí todo bien. Mientras unos recogían la mesa y ponían platos y demás enseres en el lavavajillas, otros preparaban café y vasos con hielo para el licor. Hubo quien lió un cigarro de marihuana. Al rato, la cocina estaba casi recogida y el salón despejado, la música cambió de estilo y volumen y las personas de actitud.

Al principio sí; al principio se bailó, bebió y rió sin mesura. Luego se aflojaron camisas y lenguas, hubo bromas, picardías, coqueteos, algún baile lento para coger aire. Las parejas oscilaban recogidas en el abrazo propio y los seducidos más exitosos aventuraban una mano trémula por ceñir un talle o reposar la cabeza sobre un pecho. Quien no participó de este escenario charlaba, bebía, miraba o dormitaba en los sillones.

Pero hasta aquí todo bien. Vieran que la reunión decaía y se ventiló el salón abriendo las ventanas. Despejaron mesas y rincones de vasos mediados, cubiteras licuadas y latas vacías. Acomodaron cojines y desperezaron cojijosos. En fin, trató de restaurarse la unión toda vez que la reunión empezaba a disiparse. Hubo quien aprovechó para aliviar la vejiga y refrescarse con agua la cara, quien retocó un colorete o el brillo de los labios, quien facilitó el trabajo a su estómago desprendiéndolo de parte de la carga, por fortuna con puntería en el sitio pertinente y sin demasiada acústica, y también hubo un par que seguía en animada charla esperando que el resto terminase de arreglar. Éstos, que fueron los de las grandes salutaciones y las manos vacías, tardaron poco en sentarse donde más les vino en gana.

Aunque todo bien por el momento. Una vez refrescados el ambiente, los presentes, la luz y la música, volvió la conversación animada. Sobre menudencias y naderías, cierto, pero conversación animada. Insulsas, intrascendentes, aunque animadas, se distribuían las conversaciones entre las bocas que ríen, apostillan, silencian… Dicen tan sólo aquello que les preocupa, callan aquello que les ocupa. Lo que les atemoriza, lo que anhelan (aunque no sus deseos y querencias), lo que les mortifica, lo que son incapaces de olvidar o perdonar o perdonarse. Resulta entonces ridícula la exaltada pose del que defiende naderías. Hasta aquí, todo bien.

Una tiene veintidós años. Un poco pija. Acostumbrada a lo bueno desde pequeña. Esto, que por un lado le resulta ya imprescindible, también resulta molesto cuando ve el telediario a la hora de comer y alguna noche en que duerme sola y le aburre el cotilleo o la lectura de Gala, así que un par de veces por semana ayuda en una oenegé que trabaja con ancianos y niños disminuidos. Estudia derecho, aunque sin mucha aplicación y conduce el Doscientoseís azul que papá le regaló este verano. Su trato es siempre grato y acostumbra a saludar a todo el mundo efusivamente. Esto último no siempre hace gracia a Dos.

Dos es novio de Una. Un imbécil. Papá se lo ha resuelto bien y él lo sabe. Suele hacer el ridículo cuando habla, por sí sólo, y la gente se ríe de él. Sin embargo, Dos está convencido de ser un tipo gracioso y caer bien. La gente de la pandilla quiere beber con él y no le importa pagar unas rondas a sus amigos. Un imbécil. Tritemático. Ya sabes qué tres temas y en qué orden. Tal vez Una se lo folle hoy, pero también va a joderlo. No lo sabe.

Tres sería, según Dos, un perdedor, un nadie, el ninguno. Nunca fue nada y ha sido un poco de todo. Con amor pero sin chica, con canción pero sin guitarra, con, cada día, menos tiempo y más paciencia.

Una, Dos y Tres estaban sentados, antes de la presentación, en un extremo del salón. Ellos en dos sillones orejeros, ella en el suelo sobre cojines entre ambos. El resto, alrededor, va y viene, charla, brinda, saluda, se sienta, va en busca de hielo o fuego, pretende unas caladas del canuto de Una (reticente). Dos toca los cojones y Tres trata de ser cortés, luego de no faltar al respeto, después de contenerse y, finalmente, no aguanta más y lo grita. Tú eres un imbécil y además del peor tipo, de los que no saben que son imbéciles, de los que hacen ostentación ante el mundo de su imbecilidad. De hecho eres tan imbécil que tardarías siglos en comprender tu propio grado de imbecilidad.

La cosa no dejó de ir bien aquí. Ha sido un poco antes. Cuando Tres dice a Dos que es un imbécil del peor tipo, en realidad, le está dando lo que buscaba: un motivo claro, que se ha ido fortaleciendo con cada palabra que Tres añadía. No sabría decirte el momento exacto, porque ha sido algo rápido y breve, pero tras alguna de las palabras de Tres, el brazo de Dos se ha contraído, primero el puño, luego el antebrazo, ha armado el hombro mientras se levantaba y, en unos segundos, Tres estaba tumbado en el suelo manchando con sangre nasal abundante la alfombra. Sacan a Dos a la terraza. Una se preocupa por el estado de Tres con atenciones, mimos y reproches para Dos.

Hasta este momento mal, pero la cosa se calma. La fiesta ya no ha sido lo mismo. Algunos se fueron, otros han recogido lo más aparente. Ya entrada la noche Una y Dos ocupan un cuarto con dos camas, que junta Dos, y Tres ocupa el cuarto pequeño al fondo del pasillo, junto al aseo. Hoy Dos no se acostará con su chica aunque duerma con ella. Tampoco le ha servido enfadarse y amenazar a Una con dejarla. Se ha marchado de la casa solo y dando un portazo.

Una ha entrado en el cuarto de Tres, que está despierto, ha metido las manos bajo las sábanas y bajado su ropa interior. Ha hecho una felación, ha cogido su mano y escupido en ella el semen –toma, esto es tuyo–, ha besado con mimo la nariz dolorida y, antes de salir, ha dicho: Tienes razón, es un imbécil.

Anuncios
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: