Milonga (Relato finalista XXII Premio de Cuentos Ciudad de Elda)

 

RECUERDOS DE LI

Li no vino envuelta en niebla y flores desde un exótico paraje de Oriente. Recorrió con el corazón descalzo la sierra y el páramo de la provincia. Li no es un nombre con apellidos impronunciables adyacentes. De hecho ni siquiera es un nombre. Li es una sílaba elevada a la categoría de esencia. Li es mi sílaba en ella, es cómo yo la nombraba meloso cerca del oído. Es el eterno determinante que acompañaba mis nombres. Y, en vez de decir mi cielo, mi cariño, yo decía: Li, cielo, Li, cariño. En esta sílaba que apocopa su nombre condensé lo que iba descubriendo. Condensé sus abrazos tiernos, sus risas esponjosas, las espinas ocasionales de su lengua. Y envolví todo ello con el mapa en cueros que lleva tatuado en los dedos. Li, como cada esencia concentrada, es un recuerdo intenso que aún impregna mi camisa. Es un aroma agridulce que llega a veces a través de las ventanas abiertas.

No he vuelto a saber de ella desde hace más de un año. Me anunció por teléfono lo que ambos sabíamos y que sólo ella tuvo el valor de decir. Compartimos una hora y un café seis meses después. Algún correo electrónico y mensajes al teléfono portátil durante los siguientes seis meses. Una postal de Navidad a su familia sin respuesta y el olvido de mi cumpleaños me decidieron al camino conocido, al no quedará nada después de un tiempo. Y así ha sido. No ha quedado nada. Salvo este olor agridulce que en ocasiones sale de mis dedos.

Li estaba repleta de colores que condensaba en tres. Negro de noche, verde y lila al sol. Esos eran los colores de sus hojas. Li estaba envuelta en tallos y brotes que a veces dificultaban el paso. Algunos tallos antiguos reducían su movilidad y ella avanzaba precavida entre los brotes recientes por miedo de malograrlos. Sin embargo, nadie diría de sus dudas y lastres por la apariencia resuelta y decidida con que pintaba cada paso. Luego, de madrugada, en la hora del rocío, sus ojos desnudos sudaban alguna lágrima en mi pecho o dejaban sus labios una semilla de miedo en mi oído. Mientras, abrazados, los dos mirábamos el lobo bajo la luna que dibujó a carboncillo en la pared del cuarto. Un lobo que, como Li, temblaba de noche entre velas. Los dos parecían valientes ante la noche. Sin dejar ver que, en realidad, temían a su hermana, la soledad. Por eso pasábamos tantas noches acurrucados junto al lobo. Para no estar solos.

Li ama la vida, aunque la tema, y piensa que es capaz de ser más rápida que el tiempo si consigue pintar las brisas de verde y lila. Esto hace que sea capaz de pintar las sombras grises sólo por la forma en que las mira. Li ama la vida, aunque la tema, y ama las formas de la vida; ama los ríos, ama todo animal del elefante al virus, ama las voces amigas, ama los recuerdos dulces, ama el verde de las plantas que contienen flores dormidas.

Yo no tenía colores que regalarle. Sólo alguna palabra y un libro de errores previos que consultábamos juntos. Pero si aún me recuerda, no será por esto. Si acaso me recuerda, y mi voz no se ha borrado con el paso de otros verbos y otros huesos, si acaso me recuerda, digo, será por los abrazos esponjosos y los besos de sabores que inventé a diario para ella.

Nunca fueron las noches tan largas ni el amanecer tan impertinente. Junto a Li, dormir era perderla hasta despertar. Hoy estoy tranquilo; habrá encontrado manos con pinceles adecuados para reparar los maltrechos jardines del camino.

En la distancia, rezo a mis ángeles por ti.

MILONGA

Acabo de desayunar en la cafetería que hay frente al teatro. Milán se llama. Hacen las mejores tostadas de pan con tomate y aceite. Desayuno despacio, impregnando a conciencia el pan hasta que un hilillo se escurre por el plato, extendiendo tomate rayado con generosidad. Parto el pan por la mitad y lo como a mano, con regusto, mientras ojeo el periódico. La agenda cultural habla de una exposición titulada “Hojalatas” en la Casa Consistorial. Ha sido después de ver la exposición cuando he oído música que llegaba de la plaza, juguetona, esquivando árboles y deslizando aceras. Aparece de cara al doblar la esquina del Ayuntamiento. Tiene la mano izquierda pendiente del bandoneón porteño y me ofrece la derecha para acompañarla. Juguetona se desliza entre las cinturas de las parejas que bailan. Pecho fundido a pecho.

Esta milonga al aire libre tiene colores de verbena. Grupos de comadres y curiosos se sientan en torno al espacio acomodado como pista de baile. En las esquinas, cuatro altavoces hacen más de lo que pueden para esparcir notas sobre los hombros acurrucados de los bailarines. Si afino la vista veo sus brillos cayendo leves, envolviendo con una estela rosada cada pareja, que ahora se desliza protegida bajo la tenue crisálida de bandoneón y voz rugosa, como envuelta en algodón de azúcar.

Hay una pequeña fuente y tres niños en torno a ella que ríen y se salpican. Llenan con agua diminutos globos de colores que luego usan a modo de breves mangueras. Retroceden, esquivan, recuperan los pasos perdidos. Y no es en mojarse, sino en esto, donde encuentran el divertimento que despierta su risa. Mientras, entre las cintas amarillas que delimitan el perímetro de baile, las parejas despiden decenas de diagonales que se entrecruzan y sobreponen sin llegar a tocarse. Paran, se recrean adivinando el enroque de pierna, trazando semicírculos que establecen la extensión de su reinado efímero. Sobre ellos, una voz rugosa llora el amor desgraciado que encontró en una milonga de puerto. El ritmo de secos intervalos breves parece el latir dolorido de su pecho o las punzadas que siente su estómago a cada recuerdo.

Al fondo de la plaza, una chica me despierta el recuerdo de otra. Lleva una mochila negra en la espalda y sujeta algo con una mano a la altura del pecho. Avanza sin prisa hacia aquí, mirando despacio los detalles; los colores de los vestidos, los ojos y mejillas juntas y cerrados, la forma en que la luz se escurre por las hojas de los árboles. Ha puesto rodilla en tierra y acerca a su cara el objeto que sujetaba ante el pecho. Retrocede levemente sin despegar los pies del suelo, gira hacia la izquierda. Se incorpora y sube a un banco. Apunta con el objeto en dos o tres direcciones y de nuevo lo sujeta como antes. Baja del banco con un mínimo saltito y avanza despacio. Sonríe a dos matrimonios de abuelos sentados en torno al tango. Agachándose, acerca su oído a uno de ellos. Se incorpora riendo. Pide que se junten un poco y saca una foto. Se despide alegre con un leve movimiento de mano. Ha reparado en los niños de la fuente. No se acerca mucho. A media distancia se detiene junto a un árbol. Enfoca y toma un par de fotos. Cuando mira alrededor, no sé si buscando perspectivas o retratables, repara en que la observo. Se acerca unos metros más, indiferente, centrada en lo que ocurre bajo la música y entorno a ella. Así, de cerca, podría describirla, pero sólo por fuera. Me parece bella. No sólo bonita, sino bella. Quizá, romántico, me deje seducir por las metáforas entre ojo, cámara y visión del mundo. Tal vez, carnal, las formas de su cuerpo me seduzcan. Sin duda lo hace su gusto por la gente. Y esa sonrisa tan suya, tan ajena, que a mí me trae recuerdos de otra risa. Ya he dicho que es guapa y su estilo me gusta. Me gusta la media melena ondulada sobre los hombros. Me gusta la comodidad de vaqueros, camisa vaporosa de algodón y calzado plano. Probablemente su pelo huela a frutas y colonia fresca, como ella, si usa.

Ha vuelto a mirar hacia donde estoy y se aleja un par de metros. Saca fotos de las parejas que bailan y de la gente que lo observa. Mira de nuevo hacia aquí. Apenas resopla y pasa el dorso de la mano por la frente. Yo, romántico, intuyo un mensaje y mi cerebro elabora una respuesta rápida. Podría comprar un botellín de agua, sólo uno para que tenga que ser compartido, acercarme y ofrecérselo. Sin decir nada más que hola, creo que tienes calor ¿quieres agua? Y sería un acercamiento noble, cordial, al abrigo de la paz que el agua compartida reporta. No creo que pudiera malinterpretarse. Otra cosa sería invitarla a tomar algo. ¿Quieres que tomemos algo? Esta frase pone en guardia a cualquier mujer. Pero el agua fresca no. Acercarme y ofrecerle agua. Pudiera decir no, gracias. Pero quizá sonría y la acepte, beba un trago sin tocar el borde y una gota juguetona resbale brillante la barbilla. Ella la recogerá con su dedo índice antes de que caiga. Beberá otro pequeño trago y me dará la botella. Yo también beberé un poco y dejaré para ella el último trago, no tan corto que parezca un resto. Y ahí tendré que rezar por ese ingenio que no poseo para no preguntarle si es fotógrafo, para no caer en el cómo te llamas, para que mi segunda acción sea tan clara y fresca como la primera. Quizá ella, benevolente, se percate de mi apuro y me diga su nombre para poder decirle el mío. Quizá, es fácil, quisiera hacerme una foto de romper hielo; yo tendría que tragarme mi pudor y el temor al resultado, y acceder con una sonrisa mesurada que impida ver los detalles del humo de tabaco en mi boca.

Se ha acercado y mirado de nuevo. Me da la espalda, a escasos cuatro metros, para tomar una última fotografía. Se aleja un par de metros hasta un banco. Quizá ahora sea el momento, pero ya no tengo tiempo para ir a por el agua fresca. Deja sobre él la mochila de la espalda. Mira algún bolsillo, pero ni saca ni guarda cosa alguna. Debería inspirar y dar el primer paso, empezar a andar, acercarme. Se incorpora y acomoda el flequillo descompuesto. Revisa brevemente una parte de la cámara. Sólo un pie delante de otro y ya estaré en camino. Coge la mochila del banco. Ahora es el momento de andar. La cuelga sobre su espalda. Si mirara otra vez… Gira y comienza a andar. Se detiene en el paso de cebra. Eh, oye, espera, podría decir yo mientras correteo. Cruza el paso de cebra y enfila la calle. Se detiene brevemente y saca algo del bolsillo del pantalón. Tal vez se gire. Sigue caminando. La primera esquina. Segunda. Tercera.

LAS MANOS DEL FUNCIONARIO

Hoy hace una tarde estupenda, pero no saldré a la calle. La ciudad se achica en tardes soleadas de domingo. Si salgo a caminar una tarde con sol, se reduce la calle que separa mi portal del parque, encoge la avenida hacia el Ayuntamiento y merma la plaza de la Catedral. Parece que la ciudad se recoja sobre sí misma para debilitar el calor recibido. Y yo, que busco calor, no encuentro los huecos vacíos de los senderos urbanos que pisan mis botas.

Camino por el centro, cuando salgo, dibujando un ocho con eses entre carritos de niño, pandillas adolescentes, grupos de comadres. Camino en ocho y reconozco el rastro de mis pasos previos por las gotas que cayeron desde mis perneras. Quizá no me lo creas, pero te aseguro que me suda la espalda soledad y tristeza en tardes soleadas. A mí también me maravilla. No sé si mi piel es impermeable o son gotas no miscibles de constitución y densidad inusuales. El caso es que me sudan por la espalda y los dos tipos separan sus trayectos. Como si conociesen el camino pactado en asamblea previa, las gotas se separan según el tipo: las de tristeza escurren por la pernera izquierda; las de soledad por la derecha. Así reconozco mis pasos previos; me fijo en las gotas que resbalaron el tacón de cada bota. Por eso no saldré esta tarde soleada; la ciudad se encoge, cientos de pies sin botas seleccionan las baldosas y yo me sonrojo cuando veo mi sudor sobre la acera. Queda un poco menos de espacio en el pecho y cada gota encontrada rellena el hueco leve dejado antes de resbalar mi espalda. Noto un poco menos de espacio en mi pecho porque crece de nuevo la porción de soledad y tristeza. Ésta en el pulmón izquierdo, la soledad en el derecho. Por eso no salgo esta tarde soleada a caminar.

Las tardes soleadas de diario son más complejas. Cuando camino llevo las manos recogidas en los bolsillos, por ver si me olvido de ellas. Después de ocho horas reclamando para sí casi toda la atención, necesito ignorarlas un rato. Hago que me olvido y no reparo en lo que teclearon sobre el ordenador, en los impresos que validaron o los sellos estampado. Hago que me olvido y así distraigo los recuerdos de las otras manos que encontraron, de apretones corteses con saludos impuestos. Necesito distraerme un rato de mis manos porque llevan entre ellas todas las espinas que desprende la oficina.

La oficina es un espacio espinoso que puede pinchar en cualquier momento. Trato de evitar los objetos y personas porque ambos me parecen sembrados de espinas. Noto cuando las desprenden a voluntad. Aunque vayan camufladas detrás de una sonrisa, veo venir espinas escupidas entre dientes. Aún escondidas entre un apretón de manos y un saludo entusiasta con palmaditas en el hombro, noto como se adhieren las espinas a mis ropas. Algunos producen espinas tan sólidas que llegan a herir la piel. Creo que no logran penetrar más porque mis densos fluidos personales ejercen como pantalla. Pero esto no implica estar a salvo, así que procuro no acercarme a los seres y objetos más espinosos. Creo que tengo fama de huraño y desaborido. Porque no celebro sus chistes sexuales, porque no comparto su intensidad deportiva, porque no maldigo de los ausentes. En definitiva, por omitir todo lo que pudiera situarme en la coprodicencia. Son tan intensas la soledad y tristeza que siento a diario en la oficina que necesito salir a caminar la ciudad. Necesito distraerme de las manos guardadas en los bolsillos y lamento mancharos las aceras con las gotas que me sudan por la espalda.

Por eso no saldré a la calle hoy, a pesar de que hace una tarde soleada.

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