Entre manos (Finalista V Certamen Melpomene)

LAS MANOS DE PAPÁ

Las manos de papá son el doble de grandes que las mías, pero yo las tengo más suaves. Según él, porque llevan todavía muchas caricias dentro. No me lo creo. Si fuera así, los dos las tendríamos suaves.

Acaricia mucho a mamá. A veces sus caricias son tan fuertes que mamá pide que pare o amanece con marcas en la cara. Entonces ella nos miente diciendo que papá dio una vuelta dormido, y la golpeó, o que se dio con la mesilla al despertarse. Pero no me lo creo. Tampoco me creo que papá tenga tanta fuerza que a veces le cueste controlarla.

La noche anterior a las marcas, papá llega a casa con los ojos enrojecidos, como de haber llorado mucho. Me sorprende que tenga esa fuerza que mamá dice porque al entrar choca con todo y se apoya en la pared. Como si, de tanto cansancio, el cuerpo se negara a mantenerse recto. Alguna vez lo hace, se niega, y papá cae sobre la alfombra. Entre las tres lo llevamos al dormitorio y tengo la impresión de que llega medio dormido porque habla raro y apenas abre los ojos. Siempre que papá viene a casa debilitado trae con él un olor raro; a húmedo, a antiguo, a mareo.

Yo creo que papá y mamá mienten.

Mi tata tiene dieciséis años. A ella también le hacen daño las caricias de papá. Hay días que la lleva al cuarto, cierra la puerta y, como mamá, también le pide que pare. Suelo escuchar, mientras juego con mi muñeca sobre la alfombra del salón, que mi tata dice “no papá, por favor, papá”. Luego no sé que ocurre, pero ya no habla. Creo que juegan sobre la cama porque escucho el ruido de los muelles. A mí esto me da mucha rabia; yo no puedo saltar por si la rompo pero ellos juegan. Y encima juntos.

Mi tata debe haberse caído o estar mal. Parece que le duele la tripa y anda muy despacio, a poquitos. Igual se golpeó jugando. Anda como encogida y llora. Cuando pregunto me dice que sí, que se ha hecho daño, que no me preocupe y que enseguida se le pasa. Pero no es verdad; sigue llorando horas. También me pide que no le diga nada a mamá para que no se enfade ni la riña. No debería tener miedo; la bronca será para papá por jugar sobre la cama. Eso no está bien. Igual rompen la cama o se hacen daño.

Mamá no los puede reñir porque nunca se lo cuentan. Cuando vuelve a casa, papá mira a mi tata y ella baja la cabeza. Si mamá pregunta qué pasa, nadie dice nada. Yo tampoco puedo hablar. Mi tata se enfadaría conmigo si me chivo. De todos modos, parece que mamá se imagina algo porque también baja la cabeza, va a la cocina y la oigo llorar. Será que se pone triste porque todos la engañamos.

Me da mucha pena que en casa no riamos más a menudo. Algunos días papá viene a casa con los ojos rojos como de haber llorado mucho, otros días mamá amanece con los ojos hinchados como de haber llorado y las tardes que mamá limpia los portales mi tata llora mucho cuando juega con papá. Y yo también lloro porque todos están como muy tristes.

Menos mal que papá me sienta sobre sus rodillas, me da dos palmaditas en el culete con sus grandes manos rugosas, me llama “su princesa bella” y me dice que no llore mientras acaricia mi pelo. Creo que mi tata tiene un poco de envidia porque mira a papá con cara muy enfadada, se marcha corriendo al cuarto y cierra de un portazo. Mamá no se marcha, pero creo que también tiene un poco de pelusa y enseguida me manda hacer algo. Que si trae esto de la cocina, que si baja la basura, que si acércame las gafas del costurero… Parece que le molesta ver a papá llamarme princesa y acariciarme con sus grandes manos rugosas. Yo no me enfado nunca porque quiero mucho a los tres. Aunque me riñan por saltar sobre la cama.

LAS MANOS DE MAMÁ

Cuando pienso en mamá a menudo recuerdo el color extraño de sus uñas. Esa mezcla entre violáceo y amarillo. Las manos de mamá estarán frías. Siempre tuvo las manos frías. En verano era estupendo que nos las pasara por la espalda o por el cuello. Mucho mejor que un abanico o un helado. En invierno las acercaba a la estufa o se las lavaba con agua muy caliente antes de darnos las buenas noches y arroparnos hasta el cuello.

Ahora, recuerdo, las tiene sobre el pecho. El color de su cara no destaca sobre el acolchado blanco del ataúd. También las mejillas estarán frías, como este cristal que me separa de la muerte. Este cristal empañado en vaho y llanto del que no pienso separarme.

        Mis primos fuman en el pasillo vestidos de colores oscuros, mis tías ocupan los asientos de la sala, otros familiares y amigos entran, salen, me besan, ciñen mis hombros diciendo ánimo, hijo, ánimo y fuerza. Yo me trago las ganas injustificadas de patearles los huevos a ellos y escupir sobre ellas. Sólo quiero seguir aquí sentado. Recostado sobre el vidrio frío como las manos de mi madre. Un cristal que me separa de ella y un frío que me mantiene cercano. Ya estará junto a papá y los abuelos. Es lo único bueno para pensar que encuentro. Mejor que su cabeza sin pelo, las estancias en el hospital, la quimioterapia o la morfina. Pero aunque sea bueno no evita que siga llorando. Hace que mi soledad sea más profunda. Y esta es la peor de todas, la soledad entre gente. Quisiera que se marchasen todos y me dejaran sólo.

         No me entero apenas del camino a la iglesia. Me han llevado antes de que pusieran el ataúd en el coche. La iglesia está repleta y conozco al cura. También ha venido el padre Hernando, el sacerdote del colegio. Eso me hace sentir un poco más tranquilo. El pobre tiene la cara desencajada de dolor y me abraza sin decir nada. Mejor así. Lloro sobre su pecho y él me abraza.

Apenas me he enterado de la misa. Cuando los empleados de la funeraria cogen el ataúd, salto de mi banco como un resorte y camino detrás. Voy a estar cerca y a salir con ella. Desde los asientos me llegan suspiros de hombre, llanto de mujer, y frases doloridas como ay, hijo mío, qué pena, ay Dios mío, Señor, Señor, Señor…

Es un respiro tomar una bocanada de aire fresco. Sale tras de mí toda la gente, muchos de ellos empeñados en besarme, abrazarme… Mi amigo Alex también. Me abrazo a él y le digo que me saque de allí, de ese torrente de ayes y sollozos que me destrozan más aún. Él accede y, ya aparte, se lo agradezco. Intenta decir un lo siento, un pésame, pero no lo dejo seguir. Lo sé, no digas nada. Sólo quédate aquí conmigo.

Conozco bien el cementerio. Todos los años vamos dos o tres veces a llevar flores a papá. Conozco el camino al nicho, pero hoy parece más lejano. Antes hubo un responso en la capilla del que tampoco me he enterado. Este tipo no conocía a mi madre, como tampoco el cura de la parroquia. Sus palabras de molde son huecos vacíos.

Todo sucede más rápido de lo esperado. Nadie se ha acercado a mí ni me ha puesto una mano en el hombro. Lloro solo en primera fila. Una escalera, suben el ataúd y ponen cemento y ladrillos.

                                Ya está. Adiós mamá.

 

LAS MANOS DEL GUITARRISTA

        El cuarto donde espera la hora de actuación no podría llamarse camerino. Es cierto que tiene una de esas mesas con espejo rodeado de bombillas –sólo seis funcionan- que hay sillas y un perchero y que, incluso, tiene un pequeño refrigerador de motor especialmente ruidoso y molesto. Pero no podría llamarse camerino. No comparado con los que conoció, recuerda y añora tan a menudo. Aquellos camerinos en las principales ciudades del país recorridas junto a los boleros de Tomás Curbelo, el jazz de Tony Applefield and the Southern Fruity Band… primeras figuras cuando los tiempos eran buenos y las noches no tan largas. Entonces volaban las horas envueltas en ritmos vertiginosos o melodías tan dulces que dejaban el corazón esponjoso.

      El guitarrista era uno con su música. Cambiaba la expresión de su cara y, con ello, la melodía era más dulce. Arqueaba la espalda y su guitarra emitía las notas más agudas e intensas. Recorría el mástil con su mano de nido de araña y provocaba un párrafo de notas apretadas, cada una con su reducido espacio y una presencia tan leve que parecían superpuestas.

       El guitarrista sabía encontrar el ritmo del público y arrancar de él un coro de palmas que acompañaba sus fraseos incitándolo, empujándolo hacia el siguiente arreglo. Si él buscaba un silencio, las palmas del público lo acompasaban junto al bombo de la batería. El cantante sonreía, satisfecho y admirado, dejando que hiciera a su agrado. Se acercaba al frente del escenario y comenzaba el delirio de notas ligadas, martilleadas, tan estiradas que parecían llegar a romperse de puro agudo. Y el guitarrista disfrutaba con las caras de las primeras filas que los focos permitían ver, con el eco de voces y palmas que provenían de todo el recinto. Fueron días agradables que hoy añora en esta habitación que pretende ser camerino.

Lleva consigo una libreta con fotos y recortes pero no aburre con anécdotas y ostentaciones de su pasado brillante. Esta memoria de papel no lo mantiene enjaulado entre recuerdos, aunque lo ata en corto. Sirven para sobrellevar las interminables verbenas en pueblos recónditos mencionados en ningún mapa, al margen de carreteras principales y guías turísticas. Como su vida hoy, que transita carreteras comarcales solitarias habitadas por leyendas y memorias.

El dolor del guitarrista es dolor solitario. Asqueado de sí mismo es incapaz de no abrir un pequeño estuche de plata, de no sacar la jeringuilla metálica y una pequeña cuchara requemada. Es incapaz de mirar sin desprecio el envoltorio que contiene su anestesia y su tortura, de mirar sin desprecio las venas del muslo delgado repleto de picotazos como si un enjambre de abejas furiosas hubiera dejado en él sus aguijones.

Son dolorosos el recuerdo y el método para el olvido. Sabe que ha escogido una muerte a plazos que se abonan cada día. Es hora de nuevo pago. Un poco de agua en la cucharilla con unas gotas de limón disuelve el polvo del envoltorio. La llama del mechero evapora parte de las excrecencias que contiene y deja la mezcla lista para ser recogida por la aguja certera. Una goma retiene la circulación de su pierna y dilata levemente las venas maltrechas. Escoge una, clava la aguja y presiona con calma el émbolo de la jeringuilla. Desata la goma y la mezcla se expande al trote trayendo una paz ficticia con hora de caducidad. Al principio alcanzó los goces más intensos. Quien le inició auguraba placeres que dejaban pequeño el mejor de los orgasmos. Y tuvo razón. Pero sólo al principio. Las primeras veces su sexo manchaba la ropa interior con un estremecimiento que recorría cada vértebra de la columna, cada terminación nerviosa de su organismo. Las primeras veces. Hoy es el lento suplicio agónico de una muerte a plazos con fecha de vencimiento.

Tocan en la puerta tres veces y el guitarrista apenas alcanza a responder. “Quedan diez minutos, date prisa”, anuncian del otro lado. El guitarrista se moja la cara con agua fría, limpia y recoge los enseres en el estuche plateado, afina las guitarras y sale del camerino. El otro, el que fue, pone una mano sobre su hombro diciendo “Hagámoslo de nuevo juntos, como en los buenos tiempos”. El guitarrista sonríe y hará de la plaza de este pueblo el auditorio más brillante que recuerda. El guitarrista sonríe agridulce y transformará la canción del verano en un prodigio armónico que sólo él será capaz de descifrar.

Mientras las manos del guitarrista recorren mecánicas acordes manidos, su memoria viaja hacia aquellas horas remotas envueltas en ritmos vertiginosos y melodías tan dulces que dejaban el corazón esponjoso.

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