Cuando escucho el último suspiro (3º premio XXIV Concurso Ayto. de Albacete)

Si me apeo del plasplás de tus caderas,

cuando escucho el último suspiro,

si me apeo

de la leve arrogancia de tu pene semirrecto,

satisfecho y envasado. Si me bajo, digo,

de la cara de imbécil que pones cuando follas,

no me mientas, no me quieres.

Son tan sólo precauciones de tu ego

porque temes otros sexos en mi boca.

No pretendo reflejarme en esas gotas

que recorren su sendero en profilaxis,

que mancillan mi entrepierna ya vacía de tu sexo;

no, no mueres. Es tan sólo un orgasmo que has tenido.

Cuando un trozo de papel ha higienizado

los restos y la firma de tu pene,

que escondes derrotado en calzoncillos

(en vez de mi temblor entre tus brazos),

cuando escucho el último surtido

de promesas y de amor que no me cumples,

me obligo a perderte como hombre

y elijo desecharte como amante.

Te revelas cuando miras más allá

de tu pene circunscrito por mi sexo,

cuando borras la geométrica pulsión

de un encuentro ocasionado entre comillas.

Y no pruebas a plantar unas palabras,

en el yermo erial quemado

que ves cuando te miro,

o a sembrar una caricia entre mi pelo

(no hace falta que recorras con ternura

ni mi rostro, ni mi espalda).

Te secas a la vez que tu pene derrotado.

¿No ves la montaña de sal insatisfecha que me recorre el vientre?

¿No hueles el verdor que me redobla el pecho?

Dime

¿qué ves ahora, ya vacío?

¿dónde el fuego y los festines esperados?

Tú borraste en cada envite

el rastro de la estirpe de la diosa.

Tachaste a navajazos los recodos inconexos

que pudieron llevarnos hasta el templo.

Tú, hereje, blasfemas en mi sexo

y reniegas del precepto de la diosa.

Sólo fe te solicita, pero ofreces la medida acostumbrada;

semen, nada…

Sexo ahorcado envuelto en látex.

Entierras con la brisa vacía de vestirte

cada surco de sudor que dibujaron

los envites de tu pubis por la espalda,

cada brote que abonaste con susurros en mi oído;

Sé valiente si te vas sin más palabras;

no me beses en la frente, no me digas que me llamas.

Me apeé del plasplás de tu cadera,

de tu cara de imbécil cuando follas,

de tu sexo ahorcado insuficiente.

Me obligo a perderte como hombre,

y elijo desecharte como amante.

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