
Del modo en que algunas veces resultan vanos mis esfuerzos
Diciembre 1, 2007Al salir a la calle, el frío de primera hora de la mañana no duda en arrebatarme el calor tibio que tanto empeño me ha costado conservar sustrayéndoselo a la cama, buscando la complicidad del agua de la ducha para que no se disolviese, recurriendo al amparo del pequeño calefactor que cuelga de la pared, envolviéndolo en mi toalla preferida, protegiéndolo con calcetines gruesos y camiseta de manga larga, tonificándolo con todo el té rojo que mi mayor taza es capaz de contener, asentándolo con tostadas de tomate, mimándolo con un largo y suave pañuelo negro que suelo envolverle alrededor del cuello, jugando a acariciarlo con mis guantes, resguardándolo en la pechera de mi cazadora. Puse un gran empeño esta mañana en conservar junto a mí una parte del arrobo de despertar ovillado y cubierto con el edredón hasta la cabeza y decidí hacerlo después de que la habitación mordiera mi pie descalzo cuando me aventuré a explorar el perímetro de la ropa de cama, cuando hice acopio de cierta determinación para servirme de las zapatillas y llegar con ellas veloz al refugio del baño. Pero, al salir a la calle, el primer frío de la mañana no dudó en arrebatarme por la fuerza la tibia calidez de un despertar agradable.
Publicado en El Día de Albacete, 01/12/07