
Del modo en que regreso a casa después de la última tristeza
Septiembre 14, 2007La ciudad dormida es un buen sitio para esconderse y pasear sus calles solitarias, escoltadas por farolas en duermevela que pintan, taciturnas, sombras que se agazapan tras las esquinas, el único modo de ponerme a salvo, de dejarte atrás sin volver la vista… aunque me nombres. No hay jardines mas allá de las encrucijadas ni ventanas abiertas y aún resuenan en mi cabeza los ecos de tu última risa. Los portales son tan solo bocas oscuras, cerradas, vacías, con escaleras que llevan a dormitorios donde jamás amaneceremos juntos y cocinas desaliñadas donde no encontraré ese café que quisiera prepararte cada día, antes de que tú inventes hoy una vida que tenga sentido. He tatuado mis ojos, tatuados con el brillo de los tuyos, y arrugo un mapa en el bolsillo en el que acabo de tachar las coordenadas de un puerto que pudo ponerme a salvo (era tan dulce el modo en que soplaba allí la brisa…). Regreso cabizbajo al amparo de la ciudad dormida. Sus calles vacías me acogen, poniendo con suavidad su mano en mi hombro, velando por la seguridad de mis pasos inciertos que pueden haber extraviado el rumbo de por vida. Regreso a mi verdad por la ciudad dormida. Tan pobre, tan triste, tan vacío que no encontré siquiera un verso digno que dedicarte.