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Cuando el cielo ríe sobre tierra estremecida

Agosto 12, 2007

Pensé que habías sido tú (al fin corpórea y amanecida), un movimiento tuyo por la mañana o que yo despertaba sobresaltado del sueño que siempre te incumbe y circunscribe. Pensé, en la espesura de mi somnolencia, que me zarandeabas con mesura para obligarme a retomar la inevitable consciencia de la mañana, para hacerme real forzándome a rellenar el más tangible de mis vacíos matutinos con tu beso de recién despertada, anticipo de un café cargado y una promesa de ducha compartida que siempre cumples. Pensé que la zozobra de principio de día nacía de tu impaciencia por exprimirlo para beber su jugo a medias, por asaltar las calles, tan vacías ahora como ayer noche, tu impaciencia para mecerte en la comodidad del vestido blanco y deslizarte sobre la planicie de tus sandalias preferidas. La espesura de un despertar azorado, dime tú si no es para reírse, me hizo creer que hoy permanecerías mas allá de los pactos que convinimos la primera vez que nos soñamos, cuando siempre había un rato para inventar sin motivo.

Afronté la ducha en solitario y la radio explicó el porqué de la tierra estremecida. Bajando la escalera imaginé que bajabas a saltitos los peldaños, que reías divertida tras de mí y jugabas a empujarme con las palmas de las manos. Entré solo al bar, observé a la gente, ojeé los diarios y desayuné con desgana acompañado de un café que habría de envidiar profundamente cada uno de los tuyos (tú sí sabes el modo en que me gusta). Encontré que la tostada no era más que el rescoldo abrasado de algún trigal muerto y el tomate, sobre ella, último estertor de la frescura de un huerto que necesitaba sal para esconder las marcas de su ácida agonía.

Las palabras perdieron sentido el resto del día, empeñadas en olvidarse de lo que nunca viviríamos anoche, centradas en ensamblajes de cifras y datos porcentuales, en significar nombres propios que acabarían enterrados en la inmensidad de una columna frágil, herida por las numerosas oquedades blancas que la horadan. Las palabras perdieron su sentido para todo el día, un día que empezó con el vaivén de la tierra estremecida, un día de zozobra en que hubiese jurado haberte visto. Pero ni encontré opción para el encuentro ni dispuse de fuerzas para seguir buscando.

Languideció el día sin que yo pudiese hacer nada al respecto y levanté la vista, más allá del último piso de los edificios de mi calle. Levanté una mirada triste ignorando la soledad de las ventanas a oscuras y la luz mortecina de las farolas, ignorando las prendas de los tendederos bajo las antenas.

Y encontré luz, ráfagas de luz haciendo cosquillas iridiscentes sobre la tripa de un cielo adormecido que pudiera despertarse estremecido de risa. Como pudiste hacer tú conmigo esta mañana. Al fin corpórea. Ya amanecida.

(Publicado en El Día de Albacete, 13/08/07)

3 comments

  1. Ricardo estoy ofreciendo diversos títulos de autores peruanos y extranjeros, clásicos y modernos. Poemarios, novelas, cuentos, ensayos, etc.

    Si estás interesado o conoces a alguien que podría estarlo favor escribirme a cosasquemepasan@gmail.com

    Saludos.


  2. Me ha encantado.Aún rueda una lágrima por mi mejilla.Pero es de puro placer de leer algo tan lindo.
    Besos poeta


  3. Soledad, esa compañera q sin llamarla acude.


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