Hay quien me acusa de osadía; otros aplauden que siembre poesía en renglones de a diario como estos. Yo, temerario o inconsciente, desoigo por igual al ángel y al diablo que me muerden a su modo y elijo ser el perro verde que recorre la ciudad lamiendo las esquinas desgastadas, husmeando el rastro leve de tus huellas cuando pasas por lugares compartidos a medias. Recuerdo que silbabas estribillos de Bloc Party cuando, indiscreto, sonreía por la espalda. Mientras, tú privabas del frío necesario a las cervezas que habrían de sumirme en los callejones sin salida que ya recorrimos otras veces. Yo reía sin sentido; era sólo que verte marchar también resultaba grato (no me juzgues: fue tan sólo el mecer acompasado, el ritmo bamboleante de tus caderas… tan lejanas). Sé que sonríes ahora. El mejor de los casos dejará un retazo agridulce en los labios que me niegan; los míos cargan el peso de las sonrisas muertas. No te apures: son osados y flexibles como el bambú que, airoso, se resiste a quedar a ras de tierra. Sé que sonríes de nuevo. Sólo me queda el juramento que rompo en este instante, como Judas, por tres veces. Estaré ausente, prometí. Y ya ves, no hay manera de cumplir esa promesa.
