No resulta excesivamente complicado saber si me permitirán pasar un fin de semana tranquilo. Basta con comprobar si hay ropa tendida frente a la ventana y esperar a que el despertador marque las nueve. Un tendedero vacío y la ausencia de estrépito antes de esa hora son signos inequívocos de que pasarán el fin de semana fuera de casa. Y bien sabe Dios cuánto agradezco yo que esto se produzca de vez en cuando, un fin de semana de cada tres al menos. Pero la suerte no acostumbra a sonreírme con la frecuencia deseada.
